La tecnología del Simio

Autor: Patricia Butrón
¿Qué clase de mundo es éste que puede mandar
máquinas a Marte y no hace nada para detener
el asesinato de un ser humano?
José Saramago

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La tecnología ha modificado nuestra forma de vivir: estamos mejor comunicados, tenemos información disponible en cualquier momento, tenemos alefacción, aire acondicionado, microondas, refrigeradores y pantallas de todos tamaños y en todos los lugares. También la tecnología de punta en el transporte, la salud, la robótica, la nanotecnología, la genética, etc, han logrado que tengamos una mejor calidad de vida que nuestros padres en cuanto a confort y promedio de vida se refiere. Pero, ¿la tecnología en realidad ha logrado una verdadera evolución del ser humano? Es verdad que la tecnología contribuye a resolver los problemas sociales pero éstos requieren de voluntades políticas, culturales y económicas que no dependen de los avances tecnológicos. Pero en definitiva el hombre no ha cambiado su forma de actuar desde la edad media. Las diferencias de clases sociales siguen siendo abismales, el maltrato a los más desprotegidos, la intolerancia racial, religiosa y sexual parece acrecentarse. Las disputas por tierras, cultura y espacios de poder siguen siendo la fórmula común en la política y la economía. La humanidad no ha cambiado de problemas, seguimos peleando por las mismas razones. Nos enfrentamos a las mismas guerras bajo otras trincheras. Ahora ya no vamos a caballo al asalto de los tesoros de un gran castillo, pero tenemos aviones no tripulados con armamento que generan más daños; ha bajado el índice de mortalidad infantil por nacimiento gracias a los avances médicos pero siguen muriendo miles de niños a diario por las guerras, la migración, el maltrato y la esclavitud. La globalización nos facilita el transporte y el conocimiento de nuevas culturas y seguimos segregando a los grupos más desprotegidos. La industria ha abierto sus puertas a las mujeres en todas sus áreas, pero ésta sigue siendo moneda de cambio y aún en los países más desarrollados las denuncias por acoso sexual, discriminación, maltrato y violación son alarmantes. La farmacéutica ha desarrollado millones de medicamentos, y son millones también los que mueren por no tener acceso a agua potable. La agricultura se beneficia de la tecnología y aún hay más de 870 millones de personas que padecen hambre.

Los ejemplos tristemente son innumerables porque la tecnología no nos salva de nuestra naturaleza, el mundo arrastra los mismos males (y como siempre hay quien no la pasa tan mal), seguimos siendo salvajes con teléfono celular. Monos vestidos con fibras sintéticas y cool dry que siguen sus instintos. Las lujosas comodidades de un auto último modelo no nos detiene a comportarnos como verdaderos salvajes si el tráfico nos parece intolerable, gritamos, manoteamos y hasta escupimos para vencer la misma frustración que habrá sentido aquel pobre que intentaba prender fuego con dos piedras. Ahora bebemos cerveza orgánica pero nos embrutecemos igual. La diversión sigue siendo la misma, pero el ridículo lo prolongamos en las redes sociales, el protagonismo ahora es global. Se viraliza la crueldad, la observamos como antes se observaban las ejecuciones públicas pero ahora podemos repetirlas, hasta el hastío. La competencia sigue siendo por sobrevivir, sólo cambiamos el escenario y el premio. Vivimos mejor comunicados a distancia y paradójicamente aislados afectivamente. Seguimos en la cueva, aislados del mundo, hablando el lenguaje universal de la red de redes sin comprendernos en absoluto. Nos sigue deslumbrando el metal, el brillo, nos sigue seduciendo el trono, el olor a poder. Ahora vamos afeitados, depilados, pero perfumados con los mismos apetitos, llamados a las mismas prácticas, tratando en vano de descifrar el mismo mensaje en distinto medio.

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Un espacio privado

Autor: Patricia Butrón

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Los sueños son y han sido a lo largo de la historia motivo de estudio, interpretación psicológica y astrológica. Para algunos pretexto para hacer predicciones y profecías, para otros, motivos para escribir, pintar o crear piezas musicales.

Desafortunadamente, yo no sé muy bien dónde empiezan los sueños y dónde termina la realidad o viceversa. Mi mente divaga en el transcurrir de la cotidianidad, mis sueños no terminan cuando abro los ojos y me dispongo a comenzar un nuevo día. Pocas veces recuerdo lo que sueño por las noches pero, podría escribir un libro sobre los absurdos y lo verdaderamente maravilloso que sueño despierta. Me basta con escuchar un sonido que me saque de la rutina, una palabra que me remita a una lectura pendiente, una música que me inspire un párrafo que dejé inconcluso, casi cualquier cosa puede distraerme para empezar a soñar. Creo que es la forma que encuentro para evadirme. Quizá por eso nunca fui una buena estudiante.

Más de una ocasión, estando con una o varias personas, me he dado cuenta que no he puesto atención a la conversación, quizá me he puesto a resolver problemas, a filosofar sobre la cantidad de sapos que alguna vez besé o a soñar qué hubiera pasado si ese momento lo hubiera vivido siendo alguien más. Suelo observar mucho a las personas, intento más que escucharlas, descifrarlas, entender lo que callan más que lo que dicen y eso me lleva a imaginarlas sin poses, sin secretos, en una intimidad que a veces se me antoja grotesca pero me lleva a crear personajes, a enamorarme o a odiar a ese ser que he creado a partir de algo tan casual como un comentario sin importancia. Me he descubierto odiando o amando a alguien a partir de mis divagaciones. Al final, sólo espero que de esa conversación que ignoré, no me pregunten nada ni quieran involucrarme en ella porque obviamente no me he enterado de nada.

Soñar es también tener mi espacio privado, donde puedo jugar con la memoria. Los recuerdos son elásticos y moldeables. De todo aquello que he vivido tengo una segunda versión siempre más divertida o más trágica. Quien haya estado conmigo en lo real (sea lo que esto signifique) ha estado más veces en mis sueños, de más formas y en más circunstancias de las que pueda yo aceptar. Quien forma parte de mi vida forma más parte de esos sueños que se han ido moldeando tanto que quizá, no quede mucho de lo que el resto de los mortales llaman real. Renovar la realidad, moldear los recuerdos son un loco recurso para mantenerme cuerda, una manera de conservar presente a quien se ha ido y de alejarme de donde no quiero estar. Soñar es a fin de cuentas, una forma de sobrevivir a la rutina, al mundo terrible de la responsabilidad adulta, a lo cruel que a veces es eso, que llaman realidad.

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Enero de nuestros propósitos

Autor: Patricia Butrón

El mes de enero llega a su fin y con él empezamos a olvidar los propósitos que con tanta convicción hicimos apenas hace un mes. Seamos honestos, los propósitos en su mayoría los hacemos en medio de los excesos decembrinos, juramos ponernos a dieta cuando el modelito que compramos para lucir en la última posada nos aprieta más que el final de una quincena. Los deseos de trabajar más o quejarnos menos son en verdad sentimientos de culpa que nos atacan cuando todos hablan de hacer un recuento del año que termina.

En diciembre, los medios nos bombardean con deseos cursis de felicidad absoluta, de abundancia eterna -que a menos que nos caiga del cielo, el año nuevo, no traerá-, y mientras nos embutimos otra torta de pavo con romeritos nos damos cuenta que hemos dejado pasar otro año sin empezar aquello que tanto deseamos hacer. Es entonces cuando el remordimiento de los proyectos sin concluir, los tenis sin estrenar, el cenicero sin vaciar nos invaden y ¡claro! el nuevo año promete ser como una nueva libreta: nos proponemos  no arrancarle ninguna hoja y hacer bonita letra.

Pero enero no llega cargado con trozos de voluntad para cada pecador arrepentido, si acaso nos trae deudas y trabajo atrasado que debíamos concluir antes de las fiestas. Enero es sin lugar a dudas el agosto de los gimnasios, nutriólogas, dietistas y vendedores de productos milagro que venden más fe que una iglesia en semana santa. Las tiendas de “hágalo usted mismo” se abarrotan de fieles dispuestos a terminar -ahora si- el pequeño proyecto para remodelar el closet o cuando menos de acomodarlo. Vaya usted a cualquier gimnasio la primer semana de enero y no encontrará una sola caminadora disponible, ni un espacio en la clase de zumba, ni una triste polea con la cual fortalecer sus flácidos músculos. Parece que todos los arrepentidos del último atracón se pusieron de acuerdo para sudar hasta la última gota del último brindis. Los primeros días del mes todos llegan más sonrientes a la oficina, dispuestos a cambiar su actitud, ¡obvio! todo es cuestión de actitud, sólo falta que nos propongamos cambiarla y todo cambiará en nuestra vida. Nos tragamos (y ya sin alcohol) todos los slogans de “Sea Feliz”, repetimos los mantras para la autorrealización, repasamos la lista de los proyectos a realizar, ensayamos una sonrisa distinta cada mañana, nos tomamos selfies para ver nuestro progreso en el gimnasio: “que todos vean que soy capaz de lograr mis objetivos” y nos sentimos muy orgullosos de nosotros.

Pero enero sólo tiene 31 tristes y cortos días. Ya para el día 15 aparecen los primeros síntomas de que nuestros propósitos son (o eran) sólo una fórmula gastada para entretener a nuestra conciencia. Los primeros pretextos suelen venir acompañados de severos castigos para esa alma débil que tenemos -falté al gimnasio pero mañana voy dos horas más, otra vez gasté dinero que no tenía pero mañana ahorro un poco más, no pude entregar el trabajo a tiempo pero hoy no duermo hasta acabarlo- y empezamos a caer otra vez en ese espantoso y oscuro hoyo de nuestro verdadero ser. La segunda quincena se convierte en una montaña rusa de premios y castigos para nuestro ya torturado cuerpo, pero empieza a acomodarse muy bien otra vez “eso” que hace menos de un mes aborrecíamos y que reconocemos como Yo.

Así, enero llega a su fin y con él muchos de nuestros repetidos y fracasados propósitos. Pero no se preocupen, febrero viene listo para redimirnos de esa culpa, 28 días son suficientes para que todos olviden que intentamos cambiar, que nos acostumbremos a esos kilos de más y que sigamos siendo tan desordenados, indisciplinados y llenos de defectos como el último día de diciembre.

 

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Memoria

Autor: Patricia Butrón

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La cámara fotográfica: ese dispositivo antiguo que logra crear documentos visuales “exactos y naturales” de forma mecánica y automática de tal manera que revoluciona la idea misma de la documentación histórica del hombre. La fotografía es memoria individual y social. A través de ella comprendemos mejor aquello que no hemos podido ver, pero se nos ofrece a través del ojo del fotógrafo. La cámara logra plasmar materialmente algo tan inmaterial como el instante, esa imagen que se transforma en segundos. Logra almacenar algún tipo de esencia, que para la memoria representa la materialización de la lucha contra el tiempo y la muerte.

La cámara fotográfica no sólo se convierte en una materialización de la memoria, sino que comienza a formar parte de la historia documentada del individuo, así podemos no sólo conocer a nuestros antepasados sino el pueblo donde vivían, la casa o incluso las mascotas que tenían.

En el inicio, las familias se fotografiaban en los acontecimientos importantes, se vestían con sus mejores galas para posar ante la cámara porque se estaba documentando la historia familiar, el legado se valoraba y por esto se convertía casi en un ritual. Y es que en aquellos años la fotografía se entendía de una forma muy distinta, el costo de las cámaras y la dificultad para transportarlas envolvía todo aquello en una especie de magia. El fotógrafo era un hechicero, capturando recuerdos, caras, instantes que de otra forma se desvanecerían en la memoria. Todos tenemos la necesidad de recordar y la fotografía nos da la oportunidad de no olvidar.

Después, las cámaras se volvieron prácticas, pequeñas y las familias compraron una, la llevaron con ellos a los viajes, tomaron fotos de los cumpleaños, travesuras y nacimientos de hijos, sobrinos y vecinos. Se contagió el gusto por retratar lo propio: el primer coche, el primer uniforme, el vestido de novia. También se abarataron los costos de impresión e inició la costumbre de enviar la típica postal a los amigos y familia en los viajes o a los que vivían lejos. Mi abuela paterna tenía esa maravillosa costumbre de narrar las fotografías al reverso, una pequeña nota: Beto,1958 multifamiliar alemán, último día de clases, México D.F;  detalle que se agradece cuando 56 años después queremos saber quiénes fueron retratados, cuándo y en dónde.

Los álbumes familiares crecieron. ¿quién no ha pasado tardes eternas en casa de los abuelos descubriendo a su papá a los 5 años con una pelota y la ropa manchada de lodo? Nada hay más valioso que una fotografía de aquello que sólo conocimos por lo que nuestra familia nos cuenta, la nostalgia nos llena, pero también se evoca lo perdido, aquello que fue. Recordar al que se marchó a vivir lejos, al que murió, al amigo que dejamos de ver nos recrea el pasado y nos ayuda a comprender nuestro presente. Con el tiempo también descubrimos que el recuerdo nos traiciona y a través de la fotografía nos reencontramos con un novio que no era tan guapo como lo recordamos o con un vestido que no lucía tan bien como en ese momento pensamos.

Las cámaras fotográficas han evolucionado, la digitalización ha permitido traer en el teléfono celular, en el reproductor de música o incluso en el reloj, una cámara con muy buena resolución que además tiene acceso a las redes sociales. El uso de filtros, la edición de imágenes y los trucos de cámara son utilizados por cualquiera que tenga un aparato de éstos. El significado de la fotografía ha cambiado y también el uso de la cámara y aunque no se puede llamar fotógrafo a cualquier experto en el uso de photoshop, es verdad que cualquiera captura imágenes. El significado de esas imágenes también ha sido modificado. Los cánones de belleza se marcan a partir del ojo de los fotógrafos de moda, la mercadotecnia manipula la fotografía para convencernos de comprar ciertos productos, la política nos bombardea con fotografías de sonrisas falsas, la economía de productos inservibles, incluso son manipuladas las imágenes de la naturaleza y eventos sociales para convencernos de apoyar una causa determinada. Nada puede llegar a ser tan falso como una fotografía, si antes era la garantía de que algo sucedió, ahora toda fotografía puede ser manipulada por las razones más ruines.

Como sociedad nos damos ahora a la tarea de capturar imágenes de cualquier cosa y compartirlas en las redes sociales. Somos una sociedad que parece haber perdido la  necesidad de recordar y en cambio adquirimos una gran necesidad de ser vistos, llegamos al ridículo con la selfie del día. Compartimos la foto del desayuno, porque se ve muy sabroso y estamos en el restaurante de moda: que todos vean dónde estoy, con quién y porqué razón; pero también si el desayuno es sólo una mísera taza de café sobre el escritorio. La impresión de fotografías cada vez es menor a pesar de que la captura de éstas es infinitamente mayor. Pero lo cierto es que nuestra historia no sería la misma sin esas imágenes. Yo no concibo contar mi historia sin esos álbumes amarillentos donde aparezco con un pastel decorado con barquillos de galleta y quizá mi hija no conciba contar su historia sin sus álbumes de Facebook e Instagram. La fotografía es sin duda una extensión de nuestra memoria y parte fundamental para conocer y entender nuestra historia.

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Mi máquina de escribir

Autor: Patricia Butrón

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Mi primera máquina de escribir fue una Olivetti Lettera 32 con rollo de doble color, ligera, fácil de guardar y transportar. Todo un estuche de monerías. Fácil de transportar decía la publicidad, si se considera fácil transportar una mole que pesaba 5 kilos. Recuerdo el sonido del impacto de las teclas de metal contra el papel. Me parecía que ese sonido podía hipnotizar a cualquiera, aunque nunca fui una mecanógrafa cercana a lo aceptable; el golpe rítmico que lograban algunas personas me hacía imaginar la historia que podían estar creando aunque no estuviera más que en una oficina cualquiera. Siempre imaginé que los grandes escritores llevaban el ritmo de su prosa con el golpeteo de las teclas en el papel, era como si aquellos pequeños choques hablaran un poco de lo que se estaba escribiendo en ellas.

Escribir en aquella máquina no era ni poético ni inspirador. Tenía que pensar bien lo que iba a escribir, el proceso consistía en escribirlo en papel y transcribirlo a la máquina con paciencia de santo. Corregir un error ortográfico no era tarea fácil, volver a colocar la tecla justo donde estaba el error, introducir la Ko-Rec-Type, (cinta de calca blanca que servía como un liquid paper en seco) y dar uno o varios golpes a la misma tecla, en la ardua tarea de regresar cada vez el rodillo a la posición anterior hasta que el error fuera disimulado y después volver a golpear varias veces la misma tecla para corregirlo. Pero esta práctica común se convertía en tarea titánica si se me había ocurrido sacar el papel. Conocí pocas personas capaces de introducir nuevamente la hoja y volver a caer en la misma línea. Algunas máquinas más modernas contaban con un tabulador en el margen del rodillo y esto facilitó esa operación, pero la verdad es que yo nunca tuve esas habilidades. Ahora, cuando deslizo mis dedos por el teclado de mi computadora noto lo silencioso que es escribir, lo maravilloso que resulta poder consultar un diccionario, un libro, un escrito anterior, todo a la vez en la misma pantalla y ni qué decir de las ayudas para justificar los párrafos, corregir ortografía, la separación automática de palabras, cosa
que con una Olivetti tuve que aprender a hacer gracias a la campanilla que sonaba a unos cuantos golpes antes de llegar a la línea del margen. Muchas veces tuve que hacer marcos a lápiz para tener una guía cuando había que hacer listas o incisos.

Mi máquina de escribir y yo tuvimos una relación amor-odio. Me gustaba ver un trabajo terminado, limpio y ordenado. Me sentí orgullosa al terminar mi primer trabajo escolar y cuando por fin pude poner en orden todos los escritos de mi libreta. Pero el odiado  proceso, ese era otro cuento. Tardé mucho tiempo en adaptarme a la distribución del teclado pero nunca logré una adecuada posición de los dedos lo que me hacía cometer muchos errores además de los machucones que me llevaba cuando mis dedos se metían entre tecla y tecla. Al terminar un trabajo por sencillo que fuera tenía el cuello tenso, los codos engarrotados, me dolían los dedos y las muñecas las sentía más chuecas que un perro con artritis. Literalmente la máquina me golpeó, me machucó, me pellizcó y me mordió más veces que un perro con rabia, me dejó tiznada de manos y cara en incontables ocasiones. Masticó hojas justo en las últimas líneas de la escritura, manchó mis trabajos con cintas que se torcían a la menor provocación o teclas que se atoraban en la orilla del papel y ¡claro! rompió trabajos concluidos por haber olvidado quitar el seguro del papel. Yo, era torpe y ella, odiosa.

A pesar de todo eso, me maravillaba ver a esas personas que eran capaces de escribir sin mirar el papel, sin mirar las teclas y se guiaban por el sonido de la máquina para saber si había que jalar la palanca para brincar a la siguiente línea, me maravillaba el tener una forma legible y presentable de escribir mis trabajos así como me maravillo ahora de lo que soy por fin capaz de hacer frente a una computadora. Claro, no puedo negar que el trabajo me lo han facilitado, ahora sí me parece poético sentarme a escribir, corregir mis textos, consultar en la red algún dato, escuchar mi música favorita y todo eso en una máquina que ahora si es ligera y fácil de transportar. Tengo con esta nueva máquina también mis pleitos, pero eso es otro tema que dejamos para otra ocasión.

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Crónicas de vuelo

Autor: Patricia Butrón

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¿Por qué te gustaría trabajar en una línea aérea? Esa fue una de las preguntas que me hicieron el primer día del adiestramiento para ocupar el puesto de sobrecargo, el cual ejercí durante 6 años. Y fue una de las preguntas más difíciles de responder de forma sincera. La verdad es que había abandonado la escuela y necesitaba el dinero, ¿por qué tendría otra razón? ¿quién diablos se levanta a las 4 de la madrugada para ir y venir de Nueva York en un mismo día prácticamente caminando? Las respuestas tipo slogan de mis compañeros no dejaban de parecerme o muy simpáticas o muy inocentes: -“Yo estoy aquí porque amo a la gente… no hay más pasión en mi vida que atender a las personas… Amo los viajes, me gusta conocer gente y lugares…”-  Sospecho que quizá tengo un problema de apreciación, pero la verdad es que trabajar atendiendo personas me hizo preferir la compañía de cualquier ser, de cualquier otra especie, menos la humana. (Antes de que salten algunos arrancándose los cabellos, déjenme aclararles que sí conocí personas realmente valiosas, que tengo aún grandes amigos y que además ahí conocí a mi esposo, pero no es eso lo vengo a contarles).

¿Viajar? si, siempre; a cualquier lugar. Pero hacer un viaje de 6 días, aterrizar en 10 aeropuertos y dormir en 5 ciudades de 3 países distintos, eso es otro cantar. Conocer gente y que te llenen de experiencias nuevas es una cosa, desbaratarte la sonrisa para que una persona entienda que no puede llevar su maleta en la salida de emergencia, aunque sean las joyas de la corona, es otra. La vida de sobrecargo estaba, para mí, llena de ciertas “incómodas realidades”.

Nada me parecía menos divertido que correr por el aeropuerto debido a un “cambio de puerta de última hora”, con tacones, arrastrando una maleta diseñada para pesar más que lo que contiene, un maletín para cargar un manual de 5 kilos de peso que jamás usé y una bolsa que a pesar de no necesitar me obligaban a cargar por ser parte del uniforme. Al final del día siempre me picaban las medias, me apretaban los zapatos y ese restirado peinado que nunca se llevó bien con mis chinos rebeldes, era como una tortura medieval.

Quizá menos simpática fue la señora cambiando el pañal de su bebé empinada en el asiento o peor aún, pidiéndome que lo hiciera. O el pasajero que ocultaba su aerofobia con una malísima actuación de galán o de borracho perdido, los pasajeros con traumas de superioridad que siempre eran amigos del director de la empresa y me amenazaban con que perdería el empleo si no les conseguía un lugar en primera clase.

La verdad podría escribir un libro con anécdotas de pasajeros, estaban los terribles: como aquél grupo que se agarró a golpes en un vuelo a Canadá;  los odiosos: como un hombre en un vuelo a Nueva York que insistía en llevar una escultura de fierro de más de un metro de alto en las piernas de su esposa; los terroristas: como un pobre hombre con un ataque de pánico que intentó abrir la puerta en pleno vuelo y los simpáticos: como los ancianos que jamás entendieron que el avión del mapa en la pantalla, éramos nosotros. De lado dejaré en ésta ocasión los detalles de servir alimentos en un carrito al que no le sirven las ruedas, calentar 180 cenas con dos hornos descompuestos o cómo se preparara un bloody mary justo en medio de una turbulencia porque el pasajero cree que el jugo de tomate es bueno para el mareo…

A pesar de todo, disfruté cada segundo de mis días de descanso en los que pude salir a conocer ciudades, observar a las personas, mezclarme un poco con los aromas y sabores de distintos países, viajar en metro, en tren. Nada mejor que caminar sola por París, tomar café en la Plaza del Sol con un buen libro, aventurarme en las calles de Nueva York en alguna noche de fiesta como el año nuevo o un 4 de julio. La soledad de un cuarto de hotel es un lujo que disfruté enormemente y que extraño más. Poder conocer la magia de México y esos rincones maravillosos, son recuerdos invaluables.

Ser sobrecargo para mí fue una experiencia de la cual sigo aprendiendo. Las anécdotas buenas y malas se han quedado para nutrir de alguna manera mi antisocial personalidad. No voy a mentirles, odiaba el uniforme, los tacones, recogerme el cabello; los pasajeros necios, los niños llorones… pero como decían algunas de mis compañeras… amé ser sobrecargo.

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De la costumbre al ritual

Autor: Patricia Butrón

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Distinta es la costumbre en el hábito del beso, difiere de un país a otro, de una época determinada a otra. Besamos lo sagrado (imágenes, reliquias, templos), para despedir a los muertos, la mejilla de los abuelos, para recibir al amigo, se besa también para traicionar también se besa a quien nos miente. El simple beso de amigos varía en cada ciudad, hay quien da uno, dos, tres; en la mejilla, en la boca, en las manos. Pero estos hábitos cambian constantemente en este mundo moderno.

El beso se da con los labios y es un acto de revelación pura. Sabemos lo que significa cada uno de nuestros besos, esperamos que el otro adivine su significado y tratamos de adivinar el del otro. Es un acto abstracto. Símbolo de amistad, cariño, respeto, adoración. Y lo damos sin pensar, por costumbre. Pero el beso que se da en la boca, como signo de pertenencia mutua, no es un simple contacto con los labios, éste desvía su fin hasta convertirse en algo nada abstracto, es un acto concreto en lo físico, afectivo y espiritual.

Ese beso deja de ser costumbre; es ritual que posee su propio lenguaje. La boca recorre al otro con la lentitud con la que se prepara una liturgia. Habla sobre otros labios que responden en un susurro, como si rezaran. En la desnudez, el beso es una búsqueda que se padece. Buscamos a ese otro bajo el influjo del insomnio y el sudor. Los sentidos se exaltan con aromas de incienso y auscultamos los pliegues húmedos y temblorosos de una piel. Saboreamos, palpamos, dibujamos curvas. La lengua conoce las texturas de un cuello, un abdomen, un muslo que se abre. El beso juega, muerde, lame. Bajo la sensación eléctrica del cuerpo nos miramos, nos bebemos como licor sagrado, nos reconocemos en el otro. Dependemos del instinto de la boca. Se inventan caminos, la lengua explora y nos dejamos llevar en una espiral húmeda donde creemos poseer al otro. El beso es irrepetible. En vano buscamos la misma sensación. La descarga es siempre distinta. Buscamos dentro de unos labios, esa sangre que nos arrastre en espasmos febriles al territorio de un vértigo que nos domine. En esos instantes en los que recorremos a besos otro cuerpo, comprendemos aquello que nos es negado a la razón: la posibilidad de habitar otro aliento y lograr la comunión absoluta y completa con ese otro.

Es búsqueda: pero el beso también puede ser desencuentro. Los cuerpos no se entienden, los aromas no se agradan. Una lengua que murmura palabras extrañas. Cualquier cosa puede llevar al rechazo. Lo cierto es que el beso es una costumbre, símbolo de las relaciones humanas, por eso los besos no son siempre aceptados, ni pedidos, ni deseados. Por eso, más de una vez llevaremos nuestra mano a limpiar un beso que no quisimos o nos quedaremos con la mejilla al aire cuando el nuestro no sea aceptado. Pero en esa costumbre, llevamos en la piel la historia de cada beso: de aquellos soñados y nunca dados, de los que quisiéramos olvidar, de los que quisiéramos repetir pero sobre todo de aquellos que a nuestra boca, le faltan por dar en ese delicioso ritual de descubrirnos con los labios.

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La ciudad de mis neurosis

Autor: Patricia Butrón

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En la ciudad, particularmente en Monterrey, los paisajes cambian constantemente y por desgracia, el verde de los cerros se está reduciendo a un recuerdo remoto que se pierde entre los grises de las grandes construcciones y el asfalto. La mirada se satura del reflejo azulado de los edificios que, cada día, aparecen como si brotaran con los rayos del sol. El silencio es un ente desconocido en todas las calles; el constante zumbido de los carros, el murmullo de aviones, de la gente, la música que se escucha a lo lejos, las patrullas, las ambulancias, todo esto satura nuestra mente, permea lo suficiente para invadir ese espacio que deberían ocupar nuestros pensamientos. Todo está diseñado para llamar nuestra atención: los avisos de tránsito, la publicidad de colores chillones en las bardas, en los puentes, en los panorámicos y de un tiempo a la fecha en autobuses y  vehículos de todos los tamaños. Todo parece que grita a nuestro alrededor, compra, vende, come, huele, sé feliz, sé feliz… Nos satura, nos aturde, nos trastorna.

En la ciudad tampoco podemos darle descanso a nuestra nariz. Hay olores que despiertan nuestros apetitos como el olor del pan recién horneado, el olor de la noche, el viento que baja de la montaña, la hierba húmeda por el rocío, pero la ciudad está saturada de otra clase de olores, es casi imposible no terminar impregnados de ese humo seco que  además de que deja un gusto amargo en la garganta, nos pica los ojos, nos seca la lengua y que se parece mucho al aroma de una vulcanizadora.

Sin duda las grandes ciudades en México son un mar de posibilidades que logran hacerme sentir como náufraga. Sumergida en el total anonimato, voy por ahí dando tumbos entre olas de gente que se arremolina. La tempestad humana no respeta, grita, empuja, se abalanza sobre todo lo que se considera le pueden arrebatar: el único asiento en el transporte, la última mesa en el café, la última banca del parque Como quien va a recibir herencia corren para llegar un lugar antes en la fila del banco, avientan el carro para pasar primero en un embotellamiento, aceleran hasta que un golpe los detenga, se cuelan en la fila del cine, corren por los pasillos, empujan en los elevadores… Las aglomeraciones me molestan, me asfixian, me hacen sentir miserable. Quizá por eso, las ciudades las disfruto sólo cuando las veo con ojos de turista, cuando no tengo que involucrarme en la vida diaria de una gran urbe. Me gustan para pasar unos días vagando, sin estar pendiente del reloj, visitando museos o librerías, ir a comer a esos pequeños restaurantes tranquilos donde se puede platicar sin prisa, caminar por alguna calle casi tranquila, observar cómo transcurre la vida y siendo sincera, en un acto casi morboso, disfruto mucho ver cómo sus habitantes enloquecidos están cerca de matarse unos a otros por lograr que su espacio personal no sea invadido,

Vivo en un pueblo cerca de la ciudad pero estoy obligada a ir a ella entre semana. La vida ordinaria ocurre en la ciudad, ahí se estudia, se trabaja, se arreglan documentos… ahí, casi siempre me siento sola, mi neurosis se desborda con mucha facilidad por el tráfico, me agobia el ruido. No suelo frecuentar los centros comerciales a menos que sea totalmente necesario, los evito a toda costa los fines de semana y si voy al cine procuro que sea la primera función cuando no hay tanta gente. Si estoy sola, prefiero buscar una cafetería discreta donde refugiarme tras un libro mientras espero eso que en la vida de la ciudad tiene que pasar antes de poder irme a la paz de mi casa. Me gustan las ciudades,  las ajenas que no se sufren, me gusta conocer ciudades pero la verdad no soporto mucho estar en ellas.

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Los nuevos 30

Autor: Patricia Butrón

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México ocupa el tercer lugar mundial en realización de cirugías estéticas al año, las más frecuentes son realizadas por mujeres y si somos buenos observadores no necesitaremos de datos duros para saber que las más socorridas son la cirugía de nariz, liposucción, y aumento de mama y glúteo. En México, envejecer es vergonzoso y más para una mujer. Platicando con mamás de amigos de mis hijos, comentaban que se sienten ofendidas si alguien les dice ruca, vieja o señora cuando ya todas vamos arrastrando hijos adolescentes. Llegar a los 40 en México es cosa seria. Vivimos tratando de aparentar ser más jóvenes, tenemos miedo a envejecer y vamos por la vida repitiendo esa necedad de que los 40 son los nuevos 30. Hemos caído en tal locura que será verdad que llegaremos a viejas con grandes tetas y los hombres con buenas erecciones y no nos acordaremos para qué sirven. Buscamos la salud y la lozanía del cuerpo a cualquier precio. Nos montamos en un torbellino de inseguridades y damos a todo nuestro ser el valor que nos dan los otros por nuestro aspecto. Las mujeres arriesgamos la salud y la vida frenéticamente intentando detener el tiempo como si este no fuera implacable. Sometemos a los peores tomentos nuestro ya cansado cuerpo de parir hijos y cuidarlos (además de trabajar como esclavas para alcanzar la ansiada libertad).

Y ahí vamos en plenos 40 trepadas en la estúpida manía postmoderna de la salud, la vanidad y el hedonismo. Tres horas de gimnasio por qué no, los vitamínicos nos ayudarán a seguir el ritmo, dieta hipocalórica o el vestido talla 3 (el mismo que usa nuestra hija de 15) no nos va a quedar. La cita con la cosmetóloga para que nos de unos buenos masajes, golpes brutales para que salga la grasa y se disimule la celulitis -Aunque duela, te verás mejor mañana- Cámara hiperbárica, botox, extensiones de cabello, planchados, pestañas postizas. Si todo esto no funciona está el cuchillo. Lipoescultura, silicones, estirones. Hemos comprado la idea que podemos ganarle al tiempo. Hay que verse joven, de 30, 20 si es preciso. Hay que pagar un precio al sacrificio, “el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional” decía Buda, así que alegrémonos que seguro este profeta no lo dijo sin tener razón. El dolor pasa, la belleza es eterna. Las consignas de todos los gimnasios: no pienses, esfuérzate. No pain, no gain. Inscríbete en una carrera, en un maratón de salsa, algo que te limpie las arterias, te reafirme los glúteos, te modele las caderas que así de redondas no podrán lucir las mallas.

Nos rompemos el alma para que viva el cuerpo. No nos queda vida ni para pensar, para disfrutar de la experiencia que nos dan los años. Somos autómatas viviendo para ser vistas, admiradas. Nos hemos convertido en el trofeo del marido, el adorno del jefe, objeto para la adulación de todos. Quisiéramos decir que no, olvidarlo. Pero la sociedad presiona, la vecina corre 10 km diarios y se ve bien, mejor que tú. El espejo no miente, estás más gorda que a los 30, más arrugada, el cabello no se ve igual. Todas tus amigas tienen un buen cirujano, un buen gimnasio, pastillas de colores para el dolor, el cansancio, contra la grasa abdominal y miles de consejos prácticos para la felicidad. Empieza. Corre, péinate, ponte prótesis, haz dieta, al fin sé feliz. Nadie nunca te llamará ruca, vieja. Nadie dirá jamás que tienes las tetas caídas o las nalgas aguadas. La gloria se abrirá frente a ti cuando te digan que pareces hermana de tu hijo y los amigos de tu hija te admiren las piernas, el escote. Entrarás al paraíso. Supongo que entonces estaremos seguras que nos quieren, que somos verdaderamente amadas. Seremos seres más completos, más maduros… seguramente sí, sobretodo seremos más felices. Qué amarga y efímera felicidad hemos encontrado. Envejecer es sinónimo de vergüenza. Triste realidad.