El mes de enero llega a su fin y con él empezamos a olvidar los propósitos que con tanta convicción hicimos apenas hace un mes. Seamos honestos, los propósitos en su mayoría los hacemos en medio de los excesos decembrinos, juramos ponernos a dieta cuando el modelito que compramos para lucir en la última posada nos aprieta más que el final de una quincena. Los deseos de trabajar más o quejarnos menos son en verdad sentimientos de culpa que nos atacan cuando todos hablan de hacer un recuento del año que termina.

En diciembre, los medios nos bombardean con deseos cursis de felicidad absoluta, de abundancia eterna -que a menos que nos caiga del cielo, el año nuevo, no traerá-, y mientras nos embutimos otra torta de pavo con romeritos nos damos cuenta que hemos dejado pasar otro año sin empezar aquello que tanto deseamos hacer. Es entonces cuando el remordimiento de los proyectos sin concluir, los tenis sin estrenar, el cenicero sin vaciar nos invaden y ¡claro! el nuevo año promete ser como una nueva libreta: nos proponemos  no arrancarle ninguna hoja y hacer bonita letra.

Pero enero no llega cargado con trozos de voluntad para cada pecador arrepentido, si acaso nos trae deudas y trabajo atrasado que debíamos concluir antes de las fiestas. Enero es sin lugar a dudas el agosto de los gimnasios, nutriólogas, dietistas y vendedores de productos milagro que venden más fe que una iglesia en semana santa. Las tiendas de “hágalo usted mismo” se abarrotan de fieles dispuestos a terminar -ahora si- el pequeño proyecto para remodelar el closet o cuando menos de acomodarlo. Vaya usted a cualquier gimnasio la primer semana de enero y no encontrará una sola caminadora disponible, ni un espacio en la clase de zumba, ni una triste polea con la cual fortalecer sus flácidos músculos. Parece que todos los arrepentidos del último atracón se pusieron de acuerdo para sudar hasta la última gota del último brindis. Los primeros días del mes todos llegan más sonrientes a la oficina, dispuestos a cambiar su actitud, ¡obvio! todo es cuestión de actitud, sólo falta que nos propongamos cambiarla y todo cambiará en nuestra vida. Nos tragamos (y ya sin alcohol) todos los slogans de “Sea Feliz”, repetimos los mantras para la autorrealización, repasamos la lista de los proyectos a realizar, ensayamos una sonrisa distinta cada mañana, nos tomamos selfies para ver nuestro progreso en el gimnasio: “que todos vean que soy capaz de lograr mis objetivos” y nos sentimos muy orgullosos de nosotros.

Pero enero sólo tiene 31 tristes y cortos días. Ya para el día 15 aparecen los primeros síntomas de que nuestros propósitos son (o eran) sólo una fórmula gastada para entretener a nuestra conciencia. Los primeros pretextos suelen venir acompañados de severos castigos para esa alma débil que tenemos -falté al gimnasio pero mañana voy dos horas más, otra vez gasté dinero que no tenía pero mañana ahorro un poco más, no pude entregar el trabajo a tiempo pero hoy no duermo hasta acabarlo- y empezamos a caer otra vez en ese espantoso y oscuro hoyo de nuestro verdadero ser. La segunda quincena se convierte en una montaña rusa de premios y castigos para nuestro ya torturado cuerpo, pero empieza a acomodarse muy bien otra vez “eso” que hace menos de un mes aborrecíamos y que reconocemos como Yo.

Así, enero llega a su fin y con él muchos de nuestros repetidos y fracasados propósitos. Pero no se preocupen, febrero viene listo para redimirnos de esa culpa, 28 días son suficientes para que todos olviden que intentamos cambiar, que nos acostumbremos a esos kilos de más y que sigamos siendo tan desordenados, indisciplinados y llenos de defectos como el último día de diciembre.

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