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Mi primera máquina de escribir fue una Olivetti Lettera 32 con rollo de doble color, ligera, fácil de guardar y transportar. Todo un estuche de monerías. Fácil de transportar decía la publicidad, si se considera fácil transportar una mole que pesaba 5 kilos. Recuerdo el sonido del impacto de las teclas de metal contra el papel. Me parecía que ese sonido podía hipnotizar a cualquiera, aunque nunca fui una mecanógrafa cercana a lo aceptable; el golpe rítmico que lograban algunas personas me hacía imaginar la historia que podían estar creando aunque no estuviera más que en una oficina cualquiera. Siempre imaginé que los grandes escritores llevaban el ritmo de su prosa con el golpeteo de las teclas en el papel, era como si aquellos pequeños choques hablaran un poco de lo que se estaba escribiendo en ellas.

Escribir en aquella máquina no era ni poético ni inspirador. Tenía que pensar bien lo que iba a escribir, el proceso consistía en escribirlo en papel y transcribirlo a la máquina con paciencia de santo. Corregir un error ortográfico no era tarea fácil, volver a colocar la tecla justo donde estaba el error, introducir la Ko-Rec-Type, (cinta de calca blanca que servía como un liquid paper en seco) y dar uno o varios golpes a la misma tecla, en la ardua tarea de regresar cada vez el rodillo a la posición anterior hasta que el error fuera disimulado y después volver a golpear varias veces la misma tecla para corregirlo. Pero esta práctica común se convertía en tarea titánica si se me había ocurrido sacar el papel. Conocí pocas personas capaces de introducir nuevamente la hoja y volver a caer en la misma línea. Algunas máquinas más modernas contaban con un tabulador en el margen del rodillo y esto facilitó esa operación, pero la verdad es que yo nunca tuve esas habilidades. Ahora, cuando deslizo mis dedos por el teclado de mi computadora noto lo silencioso que es escribir, lo maravilloso que resulta poder consultar un diccionario, un libro, un escrito anterior, todo a la vez en la misma pantalla y ni qué decir de las ayudas para justificar los párrafos, corregir ortografía, la separación automática de palabras, cosa
que con una Olivetti tuve que aprender a hacer gracias a la campanilla que sonaba a unos cuantos golpes antes de llegar a la línea del margen. Muchas veces tuve que hacer marcos a lápiz para tener una guía cuando había que hacer listas o incisos.

Mi máquina de escribir y yo tuvimos una relación amor-odio. Me gustaba ver un trabajo terminado, limpio y ordenado. Me sentí orgullosa al terminar mi primer trabajo escolar y cuando por fin pude poner en orden todos los escritos de mi libreta. Pero el odiado  proceso, ese era otro cuento. Tardé mucho tiempo en adaptarme a la distribución del teclado pero nunca logré una adecuada posición de los dedos lo que me hacía cometer muchos errores además de los machucones que me llevaba cuando mis dedos se metían entre tecla y tecla. Al terminar un trabajo por sencillo que fuera tenía el cuello tenso, los codos engarrotados, me dolían los dedos y las muñecas las sentía más chuecas que un perro con artritis. Literalmente la máquina me golpeó, me machucó, me pellizcó y me mordió más veces que un perro con rabia, me dejó tiznada de manos y cara en incontables ocasiones. Masticó hojas justo en las últimas líneas de la escritura, manchó mis trabajos con cintas que se torcían a la menor provocación o teclas que se atoraban en la orilla del papel y ¡claro! rompió trabajos concluidos por haber olvidado quitar el seguro del papel. Yo, era torpe y ella, odiosa.

A pesar de todo eso, me maravillaba ver a esas personas que eran capaces de escribir sin mirar el papel, sin mirar las teclas y se guiaban por el sonido de la máquina para saber si había que jalar la palanca para brincar a la siguiente línea, me maravillaba el tener una forma legible y presentable de escribir mis trabajos así como me maravillo ahora de lo que soy por fin capaz de hacer frente a una computadora. Claro, no puedo negar que el trabajo me lo han facilitado, ahora sí me parece poético sentarme a escribir, corregir mis textos, consultar en la red algún dato, escuchar mi música favorita y todo eso en una máquina que ahora si es ligera y fácil de transportar. Tengo con esta nueva máquina también mis pleitos, pero eso es otro tema que dejamos para otra ocasión.

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