la-ciudad-de-mis-neurosis--300x227

En la ciudad, particularmente en Monterrey, los paisajes cambian constantemente y por desgracia, el verde de los cerros se está reduciendo a un recuerdo remoto que se pierde entre los grises de las grandes construcciones y el asfalto. La mirada se satura del reflejo azulado de los edificios que, cada día, aparecen como si brotaran con los rayos del sol. El silencio es un ente desconocido en todas las calles; el constante zumbido de los carros, el murmullo de aviones, de la gente, la música que se escucha a lo lejos, las patrullas, las ambulancias, todo esto satura nuestra mente, permea lo suficiente para invadir ese espacio que deberían ocupar nuestros pensamientos. Todo está diseñado para llamar nuestra atención: los avisos de tránsito, la publicidad de colores chillones en las bardas, en los puentes, en los panorámicos y de un tiempo a la fecha en autobuses y  vehículos de todos los tamaños. Todo parece que grita a nuestro alrededor, compra, vende, come, huele, sé feliz, sé feliz… Nos satura, nos aturde, nos trastorna.

En la ciudad tampoco podemos darle descanso a nuestra nariz. Hay olores que despiertan nuestros apetitos como el olor del pan recién horneado, el olor de la noche, el viento que baja de la montaña, la hierba húmeda por el rocío, pero la ciudad está saturada de otra clase de olores, es casi imposible no terminar impregnados de ese humo seco que  además de que deja un gusto amargo en la garganta, nos pica los ojos, nos seca la lengua y que se parece mucho al aroma de una vulcanizadora.

Sin duda las grandes ciudades en México son un mar de posibilidades que logran hacerme sentir como náufraga. Sumergida en el total anonimato, voy por ahí dando tumbos entre olas de gente que se arremolina. La tempestad humana no respeta, grita, empuja, se abalanza sobre todo lo que se considera le pueden arrebatar: el único asiento en el transporte, la última mesa en el café, la última banca del parque Como quien va a recibir herencia corren para llegar un lugar antes en la fila del banco, avientan el carro para pasar primero en un embotellamiento, aceleran hasta que un golpe los detenga, se cuelan en la fila del cine, corren por los pasillos, empujan en los elevadores… Las aglomeraciones me molestan, me asfixian, me hacen sentir miserable. Quizá por eso, las ciudades las disfruto sólo cuando las veo con ojos de turista, cuando no tengo que involucrarme en la vida diaria de una gran urbe. Me gustan para pasar unos días vagando, sin estar pendiente del reloj, visitando museos o librerías, ir a comer a esos pequeños restaurantes tranquilos donde se puede platicar sin prisa, caminar por alguna calle casi tranquila, observar cómo transcurre la vida y siendo sincera, en un acto casi morboso, disfruto mucho ver cómo sus habitantes enloquecidos están cerca de matarse unos a otros por lograr que su espacio personal no sea invadido,

Vivo en un pueblo cerca de la ciudad pero estoy obligada a ir a ella entre semana. La vida ordinaria ocurre en la ciudad, ahí se estudia, se trabaja, se arreglan documentos… ahí, casi siempre me siento sola, mi neurosis se desborda con mucha facilidad por el tráfico, me agobia el ruido. No suelo frecuentar los centros comerciales a menos que sea totalmente necesario, los evito a toda costa los fines de semana y si voy al cine procuro que sea la primera función cuando no hay tanta gente. Si estoy sola, prefiero buscar una cafetería discreta donde refugiarme tras un libro mientras espero eso que en la vida de la ciudad tiene que pasar antes de poder irme a la paz de mi casa. Me gustan las ciudades,  las ajenas que no se sufren, me gusta conocer ciudades pero la verdad no soporto mucho estar en ellas.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *