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México ocupa el tercer lugar mundial en realización de cirugías estéticas al año, las más frecuentes son realizadas por mujeres y si somos buenos observadores no necesitaremos de datos duros para saber que las más socorridas son la cirugía de nariz, liposucción, y aumento de mama y glúteo. En México, envejecer es vergonzoso y más para una mujer. Platicando con mamás de amigos de mis hijos, comentaban que se sienten ofendidas si alguien les dice ruca, vieja o señora cuando ya todas vamos arrastrando hijos adolescentes. Llegar a los 40 en México es cosa seria. Vivimos tratando de aparentar ser más jóvenes, tenemos miedo a envejecer y vamos por la vida repitiendo esa necedad de que los 40 son los nuevos 30. Hemos caído en tal locura que será verdad que llegaremos a viejas con grandes tetas y los hombres con buenas erecciones y no nos acordaremos para qué sirven. Buscamos la salud y la lozanía del cuerpo a cualquier precio. Nos montamos en un torbellino de inseguridades y damos a todo nuestro ser el valor que nos dan los otros por nuestro aspecto. Las mujeres arriesgamos la salud y la vida frenéticamente intentando detener el tiempo como si este no fuera implacable. Sometemos a los peores tomentos nuestro ya cansado cuerpo de parir hijos y cuidarlos (además de trabajar como esclavas para alcanzar la ansiada libertad).

Y ahí vamos en plenos 40 trepadas en la estúpida manía postmoderna de la salud, la vanidad y el hedonismo. Tres horas de gimnasio por qué no, los vitamínicos nos ayudarán a seguir el ritmo, dieta hipocalórica o el vestido talla 3 (el mismo que usa nuestra hija de 15) no nos va a quedar. La cita con la cosmetóloga para que nos de unos buenos masajes, golpes brutales para que salga la grasa y se disimule la celulitis -Aunque duela, te verás mejor mañana- Cámara hiperbárica, botox, extensiones de cabello, planchados, pestañas postizas. Si todo esto no funciona está el cuchillo. Lipoescultura, silicones, estirones. Hemos comprado la idea que podemos ganarle al tiempo. Hay que verse joven, de 30, 20 si es preciso. Hay que pagar un precio al sacrificio, “el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional” decía Buda, así que alegrémonos que seguro este profeta no lo dijo sin tener razón. El dolor pasa, la belleza es eterna. Las consignas de todos los gimnasios: no pienses, esfuérzate. No pain, no gain. Inscríbete en una carrera, en un maratón de salsa, algo que te limpie las arterias, te reafirme los glúteos, te modele las caderas que así de redondas no podrán lucir las mallas.

Nos rompemos el alma para que viva el cuerpo. No nos queda vida ni para pensar, para disfrutar de la experiencia que nos dan los años. Somos autómatas viviendo para ser vistas, admiradas. Nos hemos convertido en el trofeo del marido, el adorno del jefe, objeto para la adulación de todos. Quisiéramos decir que no, olvidarlo. Pero la sociedad presiona, la vecina corre 10 km diarios y se ve bien, mejor que tú. El espejo no miente, estás más gorda que a los 30, más arrugada, el cabello no se ve igual. Todas tus amigas tienen un buen cirujano, un buen gimnasio, pastillas de colores para el dolor, el cansancio, contra la grasa abdominal y miles de consejos prácticos para la felicidad. Empieza. Corre, péinate, ponte prótesis, haz dieta, al fin sé feliz. Nadie nunca te llamará ruca, vieja. Nadie dirá jamás que tienes las tetas caídas o las nalgas aguadas. La gloria se abrirá frente a ti cuando te digan que pareces hermana de tu hijo y los amigos de tu hija te admiren las piernas, el escote. Entrarás al paraíso. Supongo que entonces estaremos seguras que nos quieren, que somos verdaderamente amadas. Seremos seres más completos, más maduros… seguramente sí, sobretodo seremos más felices. Qué amarga y efímera felicidad hemos encontrado. Envejecer es sinónimo de vergüenza. Triste realidad.

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