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Distinta es la costumbre en el hábito del beso, difiere de un país a otro, de una época determinada a otra. Besamos lo sagrado (imágenes, reliquias, templos), para despedir a los muertos, la mejilla de los abuelos, para recibir al amigo, se besa también para traicionar también se besa a quien nos miente. El simple beso de amigos varía en cada ciudad, hay quien da uno, dos, tres; en la mejilla, en la boca, en las manos. Pero estos hábitos cambian constantemente en este mundo moderno.

El beso se da con los labios y es un acto de revelación pura. Sabemos lo que significa cada uno de nuestros besos, esperamos que el otro adivine su significado y tratamos de adivinar el del otro. Es un acto abstracto. Símbolo de amistad, cariño, respeto, adoración. Y lo damos sin pensar, por costumbre. Pero el beso que se da en la boca, como signo de pertenencia mutua, no es un simple contacto con los labios, éste desvía su fin hasta convertirse en algo nada abstracto, es un acto concreto en lo físico, afectivo y espiritual.

Ese beso deja de ser costumbre; es ritual que posee su propio lenguaje. La boca recorre al otro con la lentitud con la que se prepara una liturgia. Habla sobre otros labios que responden en un susurro, como si rezaran. En la desnudez, el beso es una búsqueda que se padece. Buscamos a ese otro bajo el influjo del insomnio y el sudor. Los sentidos se exaltan con aromas de incienso y auscultamos los pliegues húmedos y temblorosos de una piel. Saboreamos, palpamos, dibujamos curvas. La lengua conoce las texturas de un cuello, un abdomen, un muslo que se abre. El beso juega, muerde, lame. Bajo la sensación eléctrica del cuerpo nos miramos, nos bebemos como licor sagrado, nos reconocemos en el otro. Dependemos del instinto de la boca. Se inventan caminos, la lengua explora y nos dejamos llevar en una espiral húmeda donde creemos poseer al otro. El beso es irrepetible. En vano buscamos la misma sensación. La descarga es siempre distinta. Buscamos dentro de unos labios, esa sangre que nos arrastre en espasmos febriles al territorio de un vértigo que nos domine. En esos instantes en los que recorremos a besos otro cuerpo, comprendemos aquello que nos es negado a la razón: la posibilidad de habitar otro aliento y lograr la comunión absoluta y completa con ese otro.

Es búsqueda: pero el beso también puede ser desencuentro. Los cuerpos no se entienden, los aromas no se agradan. Una lengua que murmura palabras extrañas. Cualquier cosa puede llevar al rechazo. Lo cierto es que el beso es una costumbre, símbolo de las relaciones humanas, por eso los besos no son siempre aceptados, ni pedidos, ni deseados. Por eso, más de una vez llevaremos nuestra mano a limpiar un beso que no quisimos o nos quedaremos con la mejilla al aire cuando el nuestro no sea aceptado. Pero en esa costumbre, llevamos en la piel la historia de cada beso: de aquellos soñados y nunca dados, de los que quisiéramos olvidar, de los que quisiéramos repetir pero sobre todo de aquellos que a nuestra boca, le faltan por dar en ese delicioso ritual de descubrirnos con los labios.

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