Crónicas de vuelo

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¿Por qué te gustaría trabajar en una línea aérea? Esa fue una de las preguntas que me hicieron el primer día del adiestramiento para ocupar el puesto de sobrecargo, el cual ejercí durante 6 años. Y fue una de las preguntas más difíciles de responder de forma sincera. La verdad es que había abandonado la escuela y necesitaba el dinero, ¿por qué tendría otra razón? ¿quién diablos se levanta a las 4 de la madrugada para ir y venir de Nueva York en un mismo día prácticamente caminando? Las respuestas tipo slogan de mis compañeros no dejaban de parecerme o muy simpáticas o muy inocentes: -“Yo estoy aquí porque amo a la gente… no hay más pasión en mi vida que atender a las personas… Amo los viajes, me gusta conocer gente y lugares…”-  Sospecho que quizá tengo un problema de apreciación, pero la verdad es que trabajar atendiendo personas me hizo preferir la compañía de cualquier ser, de cualquier otra especie, menos la humana. (Antes de que salten algunos arrancándose los cabellos, déjenme aclararles que sí conocí personas realmente valiosas, que tengo aún grandes amigos y que además ahí conocí a mi esposo, pero no es eso lo vengo a contarles).

¿Viajar? si, siempre; a cualquier lugar. Pero hacer un viaje de 6 días, aterrizar en 10 aeropuertos y dormir en 5 ciudades de 3 países distintos, eso es otro cantar. Conocer gente y que te llenen de experiencias nuevas es una cosa, desbaratarte la sonrisa para que una persona entienda que no puede llevar su maleta en la salida de emergencia, aunque sean las joyas de la corona, es otra. La vida de sobrecargo estaba, para mí, llena de ciertas “incómodas realidades”.

Nada me parecía menos divertido que correr por el aeropuerto debido a un “cambio de puerta de última hora”, con tacones, arrastrando una maleta diseñada para pesar más que lo que contiene, un maletín para cargar un manual de 5 kilos de peso que jamás usé y una bolsa que a pesar de no necesitar me obligaban a cargar por ser parte del uniforme. Al final del día siempre me picaban las medias, me apretaban los zapatos y ese restirado peinado que nunca se llevó bien con mis chinos rebeldes, era como una tortura medieval.

Quizá menos simpática fue la señora cambiando el pañal de su bebé empinada en el asiento o peor aún, pidiéndome que lo hiciera. O el pasajero que ocultaba su aerofobia con una malísima actuación de galán o de borracho perdido, los pasajeros con traumas de superioridad que siempre eran amigos del director de la empresa y me amenazaban con que perdería el empleo si no les conseguía un lugar en primera clase.

La verdad podría escribir un libro con anécdotas de pasajeros, estaban los terribles: como aquél grupo que se agarró a golpes en un vuelo a Canadá;  los odiosos: como un hombre en un vuelo a Nueva York que insistía en llevar una escultura de fierro de más de un metro de alto en las piernas de su esposa; los terroristas: como un pobre hombre con un ataque de pánico que intentó abrir la puerta en pleno vuelo y los simpáticos: como los ancianos que jamás entendieron que el avión del mapa en la pantalla, éramos nosotros. De lado dejaré en ésta ocasión los detalles de servir alimentos en un carrito al que no le sirven las ruedas, calentar 180 cenas con dos hornos descompuestos o cómo se preparara un bloody mary justo en medio de una turbulencia porque el pasajero cree que el jugo de tomate es bueno para el mareo…

A pesar de todo, disfruté cada segundo de mis días de descanso en los que pude salir a conocer ciudades, observar a las personas, mezclarme un poco con los aromas y sabores de distintos países, viajar en metro, en tren. Nada mejor que caminar sola por París, tomar café en la Plaza del Sol con un buen libro, aventurarme en las calles de Nueva York en alguna noche de fiesta como el año nuevo o un 4 de julio. La soledad de un cuarto de hotel es un lujo que disfruté enormemente y que extraño más. Poder conocer la magia de México y esos rincones maravillosos, son recuerdos invaluables.

Ser sobrecargo para mí fue una experiencia de la cual sigo aprendiendo. Las anécdotas buenas y malas se han quedado para nutrir de alguna manera mi antisocial personalidad. No voy a mentirles, odiaba el uniforme, los tacones, recogerme el cabello; los pasajeros necios, los niños llorones… pero como decían algunas de mis compañeras… amé ser sobrecargo.

La ciudad de mis neurosis

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En la ciudad, particularmente en Monterrey, los paisajes cambian constantemente y por desgracia, el verde de los cerros se está reduciendo a un recuerdo remoto que se pierde entre los grises de las grandes construcciones y el asfalto. La mirada se satura del reflejo azulado de los edificios que, cada día, aparecen como si brotaran con los rayos del sol. El silencio es un ente desconocido en todas las calles; el constante zumbido de los carros, el murmullo de aviones, de la gente, la música que se escucha a lo lejos, las patrullas, las ambulancias, todo esto satura nuestra mente, permea lo suficiente para invadir ese espacio que deberían ocupar nuestros pensamientos. Todo está diseñado para llamar nuestra atención: los avisos de tránsito, la publicidad de colores chillones en las bardas, en los puentes, en los panorámicos y de un tiempo a la fecha en autobuses y  vehículos de todos los tamaños. Todo parece que grita a nuestro alrededor, compra, vende, come, huele, sé feliz, sé feliz… Nos satura, nos aturde, nos trastorna.

En la ciudad tampoco podemos darle descanso a nuestra nariz. Hay olores que despiertan nuestros apetitos como el olor del pan recién horneado, el olor de la noche, el viento que baja de la montaña, la hierba húmeda por el rocío, pero la ciudad está saturada de otra clase de olores, es casi imposible no terminar impregnados de ese humo seco que  además de que deja un gusto amargo en la garganta, nos pica los ojos, nos seca la lengua y que se parece mucho al aroma de una vulcanizadora.

Sin duda las grandes ciudades en México son un mar de posibilidades que logran hacerme sentir como náufraga. Sumergida en el total anonimato, voy por ahí dando tumbos entre olas de gente que se arremolina. La tempestad humana no respeta, grita, empuja, se abalanza sobre todo lo que se considera le pueden arrebatar: el único asiento en el transporte, la última mesa en el café, la última banca del parque Como quien va a recibir herencia corren para llegar un lugar antes en la fila del banco, avientan el carro para pasar primero en un embotellamiento, aceleran hasta que un golpe los detenga, se cuelan en la fila del cine, corren por los pasillos, empujan en los elevadores… Las aglomeraciones me molestan, me asfixian, me hacen sentir miserable. Quizá por eso, las ciudades las disfruto sólo cuando las veo con ojos de turista, cuando no tengo que involucrarme en la vida diaria de una gran urbe. Me gustan para pasar unos días vagando, sin estar pendiente del reloj, visitando museos o librerías, ir a comer a esos pequeños restaurantes tranquilos donde se puede platicar sin prisa, caminar por alguna calle casi tranquila, observar cómo transcurre la vida y siendo sincera, en un acto casi morboso, disfruto mucho ver cómo sus habitantes enloquecidos están cerca de matarse unos a otros por lograr que su espacio personal no sea invadido,

Vivo en un pueblo cerca de la ciudad pero estoy obligada a ir a ella entre semana. La vida ordinaria ocurre en la ciudad, ahí se estudia, se trabaja, se arreglan documentos… ahí, casi siempre me siento sola, mi neurosis se desborda con mucha facilidad por el tráfico, me agobia el ruido. No suelo frecuentar los centros comerciales a menos que sea totalmente necesario, los evito a toda costa los fines de semana y si voy al cine procuro que sea la primera función cuando no hay tanta gente. Si estoy sola, prefiero buscar una cafetería discreta donde refugiarme tras un libro mientras espero eso que en la vida de la ciudad tiene que pasar antes de poder irme a la paz de mi casa. Me gustan las ciudades,  las ajenas que no se sufren, me gusta conocer ciudades pero la verdad no soporto mucho estar en ellas.

Los nuevos 30

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México ocupa el tercer lugar mundial en realización de cirugías estéticas al año, las más frecuentes son realizadas por mujeres y si somos buenos observadores no necesitaremos de datos duros para saber que las más socorridas son la cirugía de nariz, liposucción, y aumento de mama y glúteo. En México, envejecer es vergonzoso y más para una mujer. Platicando con mamás de amigos de mis hijos, comentaban que se sienten ofendidas si alguien les dice ruca, vieja o señora cuando ya todas vamos arrastrando hijos adolescentes. Llegar a los 40 en México es cosa seria. Vivimos tratando de aparentar ser más jóvenes, tenemos miedo a envejecer y vamos por la vida repitiendo esa necedad de que los 40 son los nuevos 30. Hemos caído en tal locura que será verdad que llegaremos a viejas con grandes tetas y los hombres con buenas erecciones y no nos acordaremos para qué sirven. Buscamos la salud y la lozanía del cuerpo a cualquier precio. Nos montamos en un torbellino de inseguridades y damos a todo nuestro ser el valor que nos dan los otros por nuestro aspecto. Las mujeres arriesgamos la salud y la vida frenéticamente intentando detener el tiempo como si este no fuera implacable. Sometemos a los peores tomentos nuestro ya cansado cuerpo de parir hijos y cuidarlos (además de trabajar como esclavas para alcanzar la ansiada libertad).

Y ahí vamos en plenos 40 trepadas en la estúpida manía postmoderna de la salud, la vanidad y el hedonismo. Tres horas de gimnasio por qué no, los vitamínicos nos ayudarán a seguir el ritmo, dieta hipocalórica o el vestido talla 3 (el mismo que usa nuestra hija de 15) no nos va a quedar. La cita con la cosmetóloga para que nos de unos buenos masajes, golpes brutales para que salga la grasa y se disimule la celulitis -Aunque duela, te verás mejor mañana- Cámara hiperbárica, botox, extensiones de cabello, planchados, pestañas postizas. Si todo esto no funciona está el cuchillo. Lipoescultura, silicones, estirones. Hemos comprado la idea que podemos ganarle al tiempo. Hay que verse joven, de 30, 20 si es preciso. Hay que pagar un precio al sacrificio, “el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional” decía Buda, así que alegrémonos que seguro este profeta no lo dijo sin tener razón. El dolor pasa, la belleza es eterna. Las consignas de todos los gimnasios: no pienses, esfuérzate. No pain, no gain. Inscríbete en una carrera, en un maratón de salsa, algo que te limpie las arterias, te reafirme los glúteos, te modele las caderas que así de redondas no podrán lucir las mallas.

Nos rompemos el alma para que viva el cuerpo. No nos queda vida ni para pensar, para disfrutar de la experiencia que nos dan los años. Somos autómatas viviendo para ser vistas, admiradas. Nos hemos convertido en el trofeo del marido, el adorno del jefe, objeto para la adulación de todos. Quisiéramos decir que no, olvidarlo. Pero la sociedad presiona, la vecina corre 10 km diarios y se ve bien, mejor que tú. El espejo no miente, estás más gorda que a los 30, más arrugada, el cabello no se ve igual. Todas tus amigas tienen un buen cirujano, un buen gimnasio, pastillas de colores para el dolor, el cansancio, contra la grasa abdominal y miles de consejos prácticos para la felicidad. Empieza. Corre, péinate, ponte prótesis, haz dieta, al fin sé feliz. Nadie nunca te llamará ruca, vieja. Nadie dirá jamás que tienes las tetas caídas o las nalgas aguadas. La gloria se abrirá frente a ti cuando te digan que pareces hermana de tu hijo y los amigos de tu hija te admiren las piernas, el escote. Entrarás al paraíso. Supongo que entonces estaremos seguras que nos quieren, que somos verdaderamente amadas. Seremos seres más completos, más maduros… seguramente sí, sobretodo seremos más felices. Qué amarga y efímera felicidad hemos encontrado. Envejecer es sinónimo de vergüenza. Triste realidad.

De la costumbre al ritual

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Distinta es la costumbre en el hábito del beso, difiere de un país a otro, de una época determinada a otra. Besamos lo sagrado (imágenes, reliquias, templos), para despedir a los muertos, la mejilla de los abuelos, para recibir al amigo, se besa también para traicionar también se besa a quien nos miente. El simple beso de amigos varía en cada ciudad, hay quien da uno, dos, tres; en la mejilla, en la boca, en las manos. Pero estos hábitos cambian constantemente en este mundo moderno.

El beso se da con los labios y es un acto de revelación pura. Sabemos lo que significa cada uno de nuestros besos, esperamos que el otro adivine su significado y tratamos de adivinar el del otro. Es un acto abstracto. Símbolo de amistad, cariño, respeto, adoración. Y lo damos sin pensar, por costumbre. Pero el beso que se da en la boca, como signo de pertenencia mutua, no es un simple contacto con los labios, éste desvía su fin hasta convertirse en algo nada abstracto, es un acto concreto en lo físico, afectivo y espiritual.

Ese beso deja de ser costumbre; es ritual que posee su propio lenguaje. La boca recorre al otro con la lentitud con la que se prepara una liturgia. Habla sobre otros labios que responden en un susurro, como si rezaran. En la desnudez, el beso es una búsqueda que se padece. Buscamos a ese otro bajo el influjo del insomnio y el sudor. Los sentidos se exaltan con aromas de incienso y auscultamos los pliegues húmedos y temblorosos de una piel. Saboreamos, palpamos, dibujamos curvas. La lengua conoce las texturas de un cuello, un abdomen, un muslo que se abre. El beso juega, muerde, lame. Bajo la sensación eléctrica del cuerpo nos miramos, nos bebemos como licor sagrado, nos reconocemos en el otro. Dependemos del instinto de la boca. Se inventan caminos, la lengua explora y nos dejamos llevar en una espiral húmeda donde creemos poseer al otro. El beso es irrepetible. En vano buscamos la misma sensación. La descarga es siempre distinta. Buscamos dentro de unos labios, esa sangre que nos arrastre en espasmos febriles al territorio de un vértigo que nos domine. En esos instantes en los que recorremos a besos otro cuerpo, comprendemos aquello que nos es negado a la razón: la posibilidad de habitar otro aliento y lograr la comunión absoluta y completa con ese otro.

Es búsqueda: pero el beso también puede ser desencuentro. Los cuerpos no se entienden, los aromas no se agradan. Una lengua que murmura palabras extrañas. Cualquier cosa puede llevar al rechazo. Lo cierto es que el beso es una costumbre, símbolo de las relaciones humanas, por eso los besos no son siempre aceptados, ni pedidos, ni deseados. Por eso, más de una vez llevaremos nuestra mano a limpiar un beso que no quisimos o nos quedaremos con la mejilla al aire cuando el nuestro no sea aceptado. Pero en esa costumbre, llevamos en la piel la historia de cada beso: de aquellos soñados y nunca dados, de los que quisiéramos olvidar, de los que quisiéramos repetir pero sobre todo de aquellos que a nuestra boca, le faltan por dar en ese delicioso ritual de descubrirnos con los labios.